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Uno no sabe, a ciencia cierta, qué gravedad tiene la ausencia de la sociedad humana en este planeta. Un programa de televisión que lleva ese nombre hace un recuento del deterioro que sufrirían las obras de la sociedad a lo largo de los siglos que nuestro mundo dejara de ser regido por nosotros. La verdad, no parece haber mayor consecuencia; ni falta que le hacemos al mundo.

Por Antonio Peredo Leigue

Diciembre 25, 2009

Por supuesto, seamos como seamos, nos importa nuestra vida y su continuidad. Hemos vivido, a lo largo de los siglos, en dura competencia con la naturaleza, buscando siempre el modo de dominarla. Hoy, desde hace apenas 50 años, aprendimos que no es posible, que no es deseable ni necesario ese dominio. Vivimos porque la tierra vive. Esa simple verdad ha ido penetrando nuestro pensamiento en el corto lapso de medio siglo. Pero hay mentes que no lo aceptan. En realidad, hay intereses que no están dispuestos a ceder, por más incontrovertible que sea esa verdad.

Después de algunos milenios de soberbia, en los que lo único que importaba era nutrirnos y servirnos cada vez más de nuestra inteligencia para dar forma a nuestros caprichos, sin ver las consecuencias que esto causaba, llegamos a un punto de quiebre. La tierra, el planeta, está vengándose. No es que pretenda descubrir o percibir una voluntad capaz de amar y odiar en el globo terráqueo. Se trata, más bien, de una reacción natural contra la depredación irracional con que hemos actuado desde que estamos en el mundo.

Esa irracionalidad parece incontrolable y sólo ahora comenzamos a cuestionarla. La gran mayoría de la sociedad humana ha ido cultivando esperanzas y expectativas en las pomposas y sapientes reuniones que se han realizado desde hace una veintena de años. Kyoto fue un punto clave; pero los acuerdos que allí se alcanzaron fueron desoídos por los grupos que causan más daño al mundo. Desde entonces han ocurrido hechos que muestran cómo se acelera el deterioro ambiental. Las aterradoras noticias del cambio climático, apenas merecen unas cuantas líneas en los periódicos y otros medios.

Pero, convencidos que la verdad se impone, pusimos todo nuestro esfuerzo en esa reunión que, en Copenhague, debía marcar las pautas de la nueva actitud. Quizás por ser más grande la reunión, fue más estrepitosa la caída. En Kyoto se abstuvieron los tercos. En Copenhague impusieron sus intereses en una declaración que condena a toda la humanidad.

¿Qué dice esa declaración? Apenas tenemos algunas referencias. No se ha publicado el texto. Es posible que se esté esperando las modificaciones de último momento, antes de hacerla conocer.

Lo que se sabe es que la declaración reconoce la depredación aunque considera que no tiene la gravedad que la mayoría de las personas le asigna. Sostendría, según las referencias, que los países empobrecidos tienen una responsabilidad importante en ese deterioro. Que las naciones enriquecidas, en un gesto magnánimo, otorgarán donaciones para que los pobres hagan el trabajo. Todo esto estaría dicho en un marco de declaraciones políticas que, según los expertos que la redactaron, es la normativa que permitirá llegar a acuerdos definitivos en los próximos años.

Es muy posible que, para entonces, ya no estemos aquí. Se habrán perdido las obras patrimoniales de la humanidad, simplemente porque ya no existiría la humanidad. Los sobrevivientes, si los hay, tendrán que retroceder a una acción centrada en defender su vida de otros animales y los embates de la naturaleza.

Quizás subsista, en el pensamiento de esos pocos humanos, la palabra Copenhague y talvez haya adquirido la característica de la tierra prometida. Por supuesto, la cueva o la fortificación donde esos seres estén refugiados, no tendrá ni la más remota relación con aquella tierra prometida.

Por supuesto, no es racional dejar que los hechos ocurran hasta alcanzar ese extremo. Es evidente que hay que cambiar las cosas. El sistema en que se estructuran esos intereses contrarios a la preservación de la naturaleza, debe ser combatido y sometido. La cuestión es cómo hacerlo.

No es posible el método de la persuasión. Ya se lo ha usado repetidamente, sin resultados; en realidad, con resultados cada vez más agresivos. Hay otras formas. Todavía no las hemos desarrollado suficientemente. Se trata de cortarles el acceso a la naturaleza. La región que ocupan los países enriquecidos ha sufrido la mayor depredación. Los efectos de esa catástrofe nos alcanzan ahora. No aceptaremos que sigan arrasando con lo que nos queda. Podemos y debemos cortarles las fuentes de energía. Podemos y debemos suprimirles la provisión de bienes de consumo. Podemos y debemos impedirles el uso de nuestras materias primas. Podemos y debemos, en definitiva, quitarles la potestad que nos arrebataron de disponer los modos de producción.

Que fueron 25 o 35 los países que aceptaron las humillantes condiciones del protocolo firmado en Copenhague. Son cinco veces más las naciones que rechazaron esa imposición. Washington ha iniciado la ofensiva para obligar a nuestros gobiernos, uno por uno, a aceptar el protocolo o atenerse a las consecuencias. Usemos las mismas armas: o Washington y sus aliados reconocen su responsabilidad en el cambio climático o tendrán que atenerse a las consecuencias.

Estamos en ventaja. Debemos usar nuestras armas en bien de todos.