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Lo diremos en términos prácticos: la ocupación indefinida de Haití, es un atentado contra el proceso de unidad de nuestras naciones. Ningún país de Nuestra América puede mirar con indiferencia y mucho menos aprobar, un crimen de tal naturaleza. (Por Antonio Peredo Leigue)

La falta de logística en el aeropuerto de Puerto Príncipe, capital de la destruida Haití, está retrasando la distribución de la ayuda que llega constantemente. Los soldados norteamericanos se han apoderado de esa terminal y, haciendo caso omiso de los reclamos internacionales, disponen de los alimentos, las medicinas y otras vituallas que donan distintos países.

Dieciséis mil soldados del ejército estadounidense llegaron prontamente y de inmediato mostraron su propósito. Lo primero que hicieron fue apoderarse del aeropuerto; allí, deciden incluso cómo y cuándo deben llegar los aviones de apoyo, al punto que una nave venezolana debió esperar tres días en República Dominicana por orden de los ocupantes de Haití.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) ha mantenido un silencio cómplice. La OEA sigue impávida. La muerte de 250 mil personas, una cantidad no precisada de heridos de diversa gravedad y más de 2 millones de damnificados no conmueven a las organizaciones internacionales que debieran estar allí desde el mismo momento en que ocurrió el terremoto. No olvidamos que, hace varios años, están los cascos azules de la ONU con la declarada intención de defender la democracia y mantener la paz. Se reconoce la ayuda que prestaron en estos días trágicos, reivindicándose de la imagen negativa que tenían ante el pueblo haitiano. Pero ahora, frente a los 16 mil efectivos de Estados Unidos, que tienen el propósito de hacerse dueños del país, nada pueden los cascos azules y nada quieren hacer la ONU y la OEA.

Este no es un reclamo de políticos contrarios a Washington. El gobierno de Francia, a través del secretario de Estado de Cooperación, Alain Joyandet, ha reclamado a la ONU que se precise el papel de Estados Unidos en la devastada Haití. Recordemos que Francia es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Ese reclamo debió concretarse en una reunión inmediata de aquel Consejo. Pero es improbable, porque tendría que desnudarse la intención anexionista del gobierno de Barak Obama.

Bolivia está conciente de estos peligros. El presidente Evo Morales ha anunciado que pedirá una reunión urgente de la asamblea, donde la ONU discuta la ocupación de Estados Unidos y la condene. Como no hay mucha esperanza en que esto suceda, se reunió en Quito UNASUR. Allí, Álvaro García, vicepresidente boliviano, declaró oficialmente: “temo que Haití, de no haber un rechazo rápido por parte del Continente, se convierta en otra base norteamericana”. Añadamos que sería una base asentada sobre miles y miles de cadáveres. Eso, como se demuestra a diario, no tiene importancia para la Casa Blanca ni el Pentágono. Que lo digan iraquíes y afganos, que lo recuerden panameños y granadinos, que reavivan sus heridas dominicanos y nicaragüenses; ni un solo país de Nuestra América, ni uno solo, quedó libre de ese brazo interventor.

Con esa tropa, que incluso se adueñó de la ayuda de otros pueblos, no se puede ni siquiera pensar en la reconstrucción de Haití. Porque en Haití no sólo faltan alimentos y medicinas y agua y viviendas y escuelas y transporte. Falta construir de nuevo ese país. Haití lo necesita. Haití lo merece, pues fue la primera nación de este suelo nuestro en independizarse de Europa. Porque los haitianos, privándose de sus propios requerimientos, ayudaron a nuestros próceres a organizar la lucha contra la colonia española. Porque ha sido y sigue siendo el pueblo más maltratado, humillado y explotado de este continente. Porque, siendo un hermano nuestro, todos los golpes que reciba, todas las heridas que le inflijan, son golpes y heridas sobre nosotros mismos.

Lo diremos en términos prácticos: la ocupación indefinida de Haití, es un atentado contra el proceso de unidad de nuestras naciones. Ningún país de Nuestra América puede mirar con indiferencia y mucho menos aprobar, un crimen de tal naturaleza.

Objetivamente, esta es la función que debía cumplir la Organización de Naciones Unidas, pero hace mucho tiempo que dejó de hacerlo. Aún teniendo derecho al veto en el Consejo de Seguridad, Washington no espera ninguna resolución para actuar como desea; lo hizo incluso contra la resolución de ese Consejo. Una vez más, la ONU demostró su inutilidad para cumplir su misión de preservar la soberanía de las naciones y la paz en el mundo.