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La mujer mastica su hamburguesa en el sitio de comidas rápidas mientras en la televisión un par de sicarios (los subtítulos hablaban del “pueblo libio”) arrastran el cuerpo torturado y ensangrentado de Muhamad Gadafi.

Un chico de 16 años esgrime orgulloso el arma con la que disparó al jefe árabe en el estómago, antes que otro mercenario lo rematara con un disparo en la cabeza. El niño que almuerza con la mujer, muerde otro pedazo de su hamburguesa sin dejar de mirar en la televisión el primer plano de la mueca de horror con la que Gadafi enfrenta la muerte.

Los medios de comunicación transforman el asesinato y el terrorismo de Estado en un espectáculo más. Recuerdan a aquellas reuniones medioevales donde las ejecuciones eran festejos colectivos, abundaban los vendedores ambulantes de comida y la gente colocaba sus sillas para ver como caía la cabeza del reo en la canasta de la guillotina o daba sus últimos estertores en la horca.

El capitalismo, una historia de masacres y guerras, necesita asesinos como la fábrica a sus obreros. Cada tanto deje caer algunos de esos sicarios cuando ya no le sirven, generalmente son juzgados viejos y decrépitos para mantener alguna pátina de justicia. Los verdaderos cuadros de esa máquina de matar difícilmente son detenidos. Mueren antes de hacer público lo que saben.

¿Quién puede ser tan iluso para creer en un Osama bin Laden, uno de los mejores alumnos de la CIA, capturado como un viejito jubilado, sin custodia, enfrentando a tropas de elites y sus sofisticadas armas con un Corán?

El espectáculo no se detiene ni ahorra costos. Los demócratas europeos que tantos negocios hicieron con Gadafi, para facilitar el reconocimiento del “gobierno rebelde”, permitieron que “se adelantara” la captura de Trípoli filmándola en un país vecino. Hasta el supuesto hijo de Gadafi que decían haber capturado era un actor, que firmó autógrafos, después de descubierto el papelón.

Mientras por un lado se juzga a los responsables materiales del terrorismo de Estado (no a los autores intelectuales: civiles empresarios-ex altos funcionarios de potencias extranjeras), la gente se va acostumbrando al terror de la tortura y el asesinato como una rutina. Ahí está el fiscal de la Corte Suprema Internacional, el argentino, Luís Moreno Ocampo, acusando a Gadafi de crímenes de guerra, con argumentos tan absurdos como los que señalaban que el líder libio distribuía Viagra entre sus soldados para que violaran a sus propias vecinas. Jamás se dedicó a investigar si es verdad la versión, de destacados periodistas como Stella Callóni, quien aseguró que en Libia, más que una insurrección se verificó un golpe de Estado.

Los genocidios en Irak y Afganistán no existieron para el ilustre abogado nativo. Ni que decir de las miles de víctimas inocentes asesinadas por los aviones de la OTAN no tripulados. Campos de concentración, torturas, asesinatos, los cuerpos de los muertos son desaparecidos. Los restos de Gadafi, lejos de ser entregados a su familia, fueron llevados por sus sicarios con destino desconocido.

Días antes de la muerte del jefe de Estado Libio, se conoció a través del New York Times que el Premio Nobel de la Paz, Barak Obama, autorizó el asesinato de un ciudadano norteamericano de origen árabe sospechoso de estar vinculado al terrorismo, el imán Anwar Awlaki. Un avión no tripulado bombardeó su casa en Yemen y la convirtió en un inmenso agujero negro. Moreno Ocampo, nuevamente, no se dio por enterado.

El proceso de colonización militar de las zonas petroleras que comenzó en Irak sigue. El caso libio no tiene que ver con la denominada Primavera Árabe. En Libia las masas no estaban hambrientas, la seguridad social funcionaba y el petróleo permitió que los únicos explotados fueran los inmigrantes de los países limítrofes que hacen las tareas más duras.

Crónica de un final anunciado. La OTAN se asegura el control de las zonas petroleras mientras los ex gadafistas, musulmanes y prooccidentales se dedican a matarse entre sí.

¿Cuantos miles de muertos produjeron entre la población civil de Libia los bombarderos que supuestamente venían a protegerlos? El Che citaba a Martí y decía que el hombre nuevo solo sería posible cuando cada uno de nosotros sintiera como propia la cachetada propinada al prójimo. La muerte presentada como espectáculo, la guerra dispuesta como un montaje cinematográfico dificulta cualquier posibilidad de identificación y solidaridad con el otro.

Henry Kissinger recibió el Premio Nobel de la Paz luego del genocidio de los 70 en Guatemala, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Argentina y Chile. Ahora se lo otorgaron a Barak Obama por la continuidad de las masacres en Irak, Afganistán y Libia.

La sangre nunca llega a manchar la botamanga de los prolijos pantalones del presidente yanqui, Moreno Ocampo, o Kissinger o los ejecutivos de las grandes multinacionales. Hoy es el turno del petróleo. Tal vez mañana sea el agua o los alimentos.

La colonización armada devorará uno a uno los regímenes que, como el Gafadaffi, creen que es posible pactar con la voracidad imperialista.

No en vano, todavía no han podido con países como Irán o Cuba por la sencilla razón de que los costos serían demasiados aún para la impunidad sangrienta de las potencias occidentales.

El hombre ha sido capaz de las más bellas creaciones, pero es indudable que el capitalismo es la más espeluznante y sangrienta de sus invenciones.

En el final de sus Cuadernos de Notas, Vasili Grossman, el autor de “Vida y Destino” apuntaba: “En el Parque Zoológico, también hubo combates. Jaulas rotas, cadáveres de osos, de aves, de babuinos (…) Tuve una conversación con el anciano que ha cuidado los monos durante treinta y siete años. Está contemplando el cadáver de un gorila. Le pregunto si era un animal feroz. No, la gente es mucho peor", responde.

ps:

* Periodista. Equipo de Comunicación de la CTA Nacional