Portada del sitio - Nuestros pueblos - Del G-7 al G-20

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lunes 28 de septiembre de 2009

En Pittsburgh, USA, comenzó una reunión del llamado G-20, que ha tenido similar rechazo al que enfrentaba el G-7+1 cada vez que se reunía. Hay razones muy claras para tal similitud, porque el G-20 o Grupo de los 20, no es más que una ampliación de su progenitor, que es el G-7+1. Por supuesto, las siglas son muy apropiadas para marear al público y ocultar intenciones.

Vamos por partes. Después de la crisis financiera de los años ’70, se formó el G-7 integrado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido. Es evidente que estaban allí los países altamente enriquecidos del planeta. Y esto fue parte de un acuerdo por el que Washington dejó de ser el rector mundial de las finanzas e incluyó a los otros 6 que reclamaban igualdad de derechos. No es necesario decir que, las demás naciones, debían resignarse a jugar con las reglas que disponían estas siete potencias. Para ejemplo, podemos señalar que, estas reglas, incluyen la vigencia del dólar como moneda de transacción internacional, excepto para los países que forman ese grupo selecto.

Disuelta la Unión Soviética, los 7 se propusieron un mercado tan vasto como el que ofrecía Rusia y los otros países desprendidos de la URSS. Los gobiernos de esa unión dispersada, se pusieron de acuerdo y propusieron que Rusia integrara el club de los ricos. Los ávidos comerciantes aceptaron la reclamación y así formaron el G-7+1 que luego pasó a ser G-8. Rusia y sus representados se beneficiaban con beneficios suficientes para crear algunas empresas millonarias y percibir beneficios por la instalación de sucursales.

La estructura parecía tener todos los factores a su favor. Pero los pueblos comenzaron a reaccionar. Allí donde se reunía el G-8 se realizaba una asamblea paralela de protesta. Las medidas que, hasta entonces, se tomaban en función de los intereses de esos países y sólo de ellos, eran denunciadas y, quienes trabajaban contra sus privilegios, explicaban las consecuencias de cada una de ellas.

Algo había que hacer para contrarrestar esa campaña desastrosa para los intereses de los países enriquecidos. Fue así que se decidió integrar a los gobiernos de 11 países a los que calificaron de “emergentes”. Ya sabemos que, cuando se trata de justificar su enriquecimiento, nos ponen nombres simpáticos como: en vías de desarrollo o emergentes. En orden alfabético, invitaron a Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Cora del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica y Turquía. Pero los países enriquecidos necesitaban seguir definiendo por sí mismos. Los países emergentes tenían que cumplir el rol de agregados y nada más. De ese modo agregaron nada menos que a la Unión Europea, aunque ya estaban allí Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, miembros de la UE. De modo que éstos resultaban doblemente representados. Así estaba mejor.

El procedimiento, por lo tanto, es simple. El G-8 más la UE toman las decisiones y los emergentes deben decir: así sea.

Pero ya no pueden engañar al pueblo. En Pittsburgh se han reunido gentes de todo el mundo, para protestar contra la reunión de los que llamaremos G-8+12. En otros términos, para que lo entiendan bien: los llamados países emergentes, o más propiamente los gobiernos de esos países, que aceptaron ingresar al grupo con la intención de frenar el apetito desatado de los países enriquecidos, tienen que llamarse a reflexión sobre el papel que están cumpliendo. Los hombres y las mujeres que están allí, protestando contra esta tramoya, pese a la represión policial que, a ratos es brutal, les reclaman a ellos: no cubran los escándalos del negocio internacional que los gobiernos del G-8 hacen a costa de la miseria de todos nosotros.